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El año en que llegué tarde al pádel

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Paleta de pádel apoyada en la red de una cancha

Si en pandemia todos se dedicaron a hacer pan en sus casas y mostrarlo en Instagram, terminó el covid y todos se dedicaron a jugar pádel. Una especie mini cancha de tenis mezclado con paletas de playa. Siempre con faldita.

Me resistí a jugarlo, básicamente porque este tipo de modas no me enganchan. La moda deportiva, digo. No me hizo tilín el running ni el triatlón, que tanto practican en mi barrio. A zumba llegué tan tarde, que el año en que empecé, celebraban su aniversario 20.

Pero como básicamente para jugar pádel hay que tener tiempo, ahí estaba yo viernes a las 9 de la mañana en clases, intentando correr sin chocar con la pared o darle con fuerza a un revés mientras corría en reversa, con la mano izquierda en alto. Un espectáculo.

Estuve diez meses en un constante loop de cómo superar mis malos saques, cómo seguir constantemente en categoría D y con un severo miedo a jugar un partido, y que sacara con odio mi lupa.

No pude. Fue el ambiente y las falditas. El look que no logré imitar y mis malas aptitudes deportivas me llevaron al camino de la renuncia.

¿Probé otro deporte? Hoy hago MTB mirando una tele.

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